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Noticias : La sombra del silencio presenta: "Botas en el cuello"
Enviado por derechoshumanos el martes, 27 de julio del 2010 (8:37:08)

Botas en el cuello

 

Eutiquio nunca dejaba de mirarse los pies al caminar, levantaba la mano o se quitaba el sombrero para saludar, iba de prisa hacia la milpa sin decir palabra. Y cuando tenía que desandar el camino ya pisado, caminaba por la misma vereda mientras sus ojos buscaban en la tierra las huellas de los pasos anteriores, aquellos pasos que le fueron contando el tiempo.

 

Como un ritual detrás de él y a un par de metros, Leocadia pisaba las huellas que Eutiquio iba dejando, unidos por su silencio, por la armonía del aleteo de las aves, del recorrido del viento sobre el río sin premura y del imperioso azul que posaba encima de sus cabezas. Todos los días a la misma hora. Tiempo que median según el cielo, según la luna, según el sol, según las nubes, según el viento. El ir y venir, el andar y desandar. Sin cambio alguno. Sus sombras apresuradas los seguían a veces distraídamente separadas y en ocasiones jugueteando extremadamente unidas.

 

En la cabeza de Eutiquio las canas iban ganando terreno. Y en la cabeza de Leocadia eran los recuerdos y un sollozo retraído por los hijos que nunca más volvieron. Los hijos que junto con los vecinos prometieron mandar dólares... y de ellos, la única noticia fue el olvido.

 

La sencillez de los pasos de Eutiquio aquella tarde no fueron más, la vida se los cambió por otros más cortos y en menores distancias.

 

Su silencio fue invadido inesperadamente por voces extrañas, palabras incomprensibles llenaron sus oídos, el ruido de un motor entre risas, risas, sólo risas. Los gritos de Leocadia ensordecieron la vida, el  machete no fue suficiente contra golpes recibidos de todas direcciones. Más risas, más bullicio, más palabras incomprensibles. El polvo en su rostro, su rostro en la tierra, la vista nublada, de pronto un vacío en los oídos y un abismo en la mirada. Con las manos atadas por cada resistencia recibían patadas en su estómago, en la cabeza, en la dignidad. Un silencio ensordecedor precipitadamente se adueñó de Eutiquio, las botas en el cuello le anulaban la respiración.

 

Las ropas de Leocadia dispersas en la tierra, su desnudez confundida con el polvo, la trenza desvencijada, los ojos sin mirada, la boca entreabierta, roja, sin voz. El sexo vencido y rojo, el corazón sin ritmo, sin rumbo, sin ruido. La noche la fue rodeando, la redondez de la luna y la mirada atónita de las estrellas le iluminaron su muerte. No hubo rezos.

 

Eutiquio se espabiló, sólo un ojo respondió y del otro entendió porque no. Esta vez no eran las huellas de sus pasos las que vio, sino las huellas de los golpes marcadas en su dignidad, el dolor no era corpóreo, era del alma. Le entregaron una hoja de papel en sus manos, la hoja mas pesada que cualquier ser humano haya podido cargar en toda su vida, contenía letras que no veía, palabras que no sabía. Una mano lo obligó a levantar la vista, ligeramente vislumbró cuatro hombres uniformados frente a él, hablando, gritando, haciéndole señas. Sin entender palabra alguna, con la incertidumbre postrada en su regazo, se internó en el bosque de su mutismo. Resistió los puños en su cara, decidió mirar el horizonte en el fondo de las bocas de aquellas gargantas que gritaban. Algún uniformado lo sujetó del cabello con las dos manos, lo azotó contra el piso. Los otros lo arrastraron hacia dentro.

 

Las lagrimas que no fueron por los golpes, vinieron después. Cada lágrima se convertía en una pregunta, en un signo de interrogación

¿Y su Leocadia? ¿Y su milpa? ¿Y su vereda?

¿y el jacal? ¿y su libertad? ¿y los hijos?

¿y su vida?

¿y su muerte?

 

Aquella hoja que tuvo en sus manos, la que no pudo ver, la que no supo leer contenía dos palabras. Homicidio calificado. Nunca se enteró de su sentencia, nadie se ocupó por informarle.

 

El encierro no fue solamente físico, Eutiquio permaneció sin emitir palabras. Los días enteros dibujaba a su Leocadia en la mente, imaginando su rostro en una nube, en cada gota y por vez primera con la muerte convertida en ilusión, quizá la mayor ilusión de su vida.

 

MARÍA GARDENIA

 

 

Lee los cuentos anteriores:

"El vagón", julio 13, 2010

"Por venir", junio 28, 2010

"Puntos cardinales", junio 21, 2010

"Lágrimas evaporadas", mayo 25, 2010

"Muñecas de a peso", mayo 11, 2010




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